Charles Darwin: un padre estricto, su vocación por la naturaleza y un viaje que lo cambió todo

Charles Darwin: un padre estricto, su vocación por la naturaleza y un viaje que lo cambió todo

De muy joven, Charles Darwin debió batallar contra los mandatos familiares. El padre quiso que fuera médico o clérigo.

 

Para Robert W. Darwin, el reputado doctor de Shrewsbury, una ciudad inglesa fundada en la época medieval y situada muy cerca de Gales, le costó encaminar a uno de sus cinco hijos varones, Charles Robert, nacido en 12 de febrero de 1809. Dentro del margen que le ofrecían las estrictas normas de respeto, el joven resistió uno a uno los designios de su progenitor.

Por Infobae





Su papá, reconocido médico que supo administrar con inteligencia la fortuna de su esposa, Susannah Wedgwood, quería que Charles siguiera sus pasos, tradición que había comenzado su abuelo. Pero el joven tenía otras inclinaciones. A los 10 años comenzó a interesarse por la naturaleza y lo primero que hizo fue iniciar una colección de insectos, y aprendió a conocerlos. En una oportunidad conservaba en cada mano un escarabajo cuando vio un tercero distinto a los que había hallado. Como no podía ocupar ninguna de sus manos, retuvo a uno de los insectos en su boca para poder atrapar al tercero. Pero el insecto le lanzó un chorro de ácido, lo que le enseñó a tener más cuidado.

Tenía a quien salir. Su abuelo Erasmus Darwin, pionero del evolucionismo, era un médico, naturalista y filósofo, autor del poema “The Zoonomia”, especulaba sobre el origen y evolución de la vida. Las conclusiones de sus experimentos fueron usadas por Mary Shelley en su novela sobre “Frankestein” para fundamentar la creación de vida a partir de materia muerta.

Su mamá murió en 1818. Para entonces alternaba sus días de pupilo en la escuela anglicana local y como aprendiz de médico del padre. Luego, con su hermano Erasmus fueron enviados a la Universidad de Edimburgo a estudiar medicina. Pero a Charles no le interesaban tanto las clases como los cursos de taxidermia que el esclavo negro John Edmonstone daba a alumnos de esa universidad.

Seguía interesado en la historia natural, y fue alentado en ese sentido por el profesor John Stevens Henslow -a quien conoció en 1828-, un clérigo especialista en botánica y geología. Sería su mentor, tutor y amigo.

Su padre, disgustado por el rumbo que tomaba su hijo, lo mandó al Christ College de Cambridge para estudiar teología. Lo inscribió en Letras, el primer escalón para poder convertirse en un pastor anglicano.

Sin embargo, Darwin tenía 22 años y aún no sabía qué hacer con su vida. Entonces desconocía que se estaba preparando una expedición que tendría el objetivo de completar los trabajos de hidrografía en la Patagonia y en Tierra del Fuego, que habían sido iniciados por el capitán King entre 1826 y 1830. Aún quedaba por estudiar la hidrografía en las costas de Chile y Perú, adentrarse en las islas del Pacífico y realizar medidas cronométricas alrededor del mundo.

La expedición que partiría en cuatro semanas estaba a cargo del comandante Robert FitzRoy, un marino que había empezado su carrera a los 14 años y que entonces contaba con 26 años. El profesor John Henslow fue convocado a participar como naturalista de la expedición, pero la insistencia de su esposa de que no fuera parte pudo más, y debió bajarse. Le recomendó a FitzRoy que convocase en este segundo viaje que emprendería a Charles Darwin, a quien veía como un joven con excepcionales condiciones para observar, recoger muestras y tomar notas. Además venía de una muy buena familia. Fue el capitán irlandés Francis Beaufort, un hidrógrafo creador de la escala para medir la intensidad del viento, el que gestionó el visto bueno de los lores del Almirantazgo para que fuera parte.

Se embarcaría en el Beagle, un bergantín que había sido botado en 1820. Contaba con 27,5 metros de eslora, de 10 cañones y con una tripulación de 120 hombres.

El que se opuso desde un primer momento fue su padre, que consideraba que aceptar ser naturalista, sin sueldo, obedecía a un mero capricho. El que terció fue su tío Josiah Wedgwood, quien terminó persuadiendo a su cuñado. “El estudio de la historia natural, aunque no ciertamente de una manera profesional, es muy conveniente para un sacerdote”, convenció. De todas maneras, su padre era de la idea que semejante viaje no estaba acorde a la dignidad de un futuro clérigo, algo que su hijo nunca sería.

Darwin, de 22 años, se acomodó en el camarote del capitán FitzRoy. La expedición partió de Davenport el martes 27 de diciembre de 1831. Llevaban a bordo a tres aborígenes fueguinos, a los que habían traído a Inglaterra en 1830. El propio comandante les había puesto nombre: York Minster, de 26 años; Boat Memory, de 20; Jemmy Button, de 14 y Fuegia Basket, de 9. Boat falleció de viruela en Inglaterra.

Desde el primer día de navegación, lo asaltaron malestares digestivos, manifestados en violentas náuseas, que arrastraría toda su vida, junto a problemas nerviosos. Debió aprender a convivir con los cambios de clima, con el calor, con insectos y con esa nostalgia que mitigaba con la concentración en su trabajo. Incluso se especuló que había sido picado por una vinchuca y que arrastraba el Mal de Chagas. Cuando se enfermó seriamente en Chile, fue el doctor Benjamín Bynoe, el cirujano de abordo, quien lo atendió. Colaboraría en los trabajos del naturalista. También se hizo amigo de Conrad Martens, un pintor que había sido contratado por FitzRoy.

Era de los primeros en saltar a tierra, con su red para atrapar mariposas, con su martillo geológico y sus lentes de aumento.

Fue contando a su familia, en detallas cartas, sus impresiones del viaje, material que se transformó en su famoso diario. Lo que le preocupaba era si las especies habían sido creadas por una mano divina, ¿por qué había tanta desemejanza entre individuos de una misma especie?, se preguntaba. Y, fundamentalmente, indagó qué constituía una especie.

Cuando cruzó los Andes, descubrió que los ratones eran distintos de un lado a otro de la cordillera y en la observación de la fauna de la isla Galápagos, le llamó la atención la semejanza de los ejemplares que antes había observado en el continente. Desechó la teoría de una creación divina y se inclinó por la hipótesis basada en las observaciones de las variaciones de las especies. Señaló que dichas observaciones “solo pueden ser explicadas suponiendo que las especies se modifican gradualmente”. Se entusiasmó cuando desenterró fósiles en la Patagonia y comprobó que esos restos eran sorprendentemente similares a los ejemplares vivos. El tema lo obsesionaba. Estaba sentando los precedentes de la biología evolutiva.

Estuvo en nuestras tierras, a las que se refería como “la Sudamérica española” entre el 24 de julio de 1833 y el 10 de junio de 1834. Conoció a Juan Manuel de Rosas, visitó sus campos y vio cómo trabajaban los gauchos a sus órdenes. Un salvoconducto que el hombre poderoso de las pampas le facilitó le permitió moverse con libertad en los convulsionados días de la revolución de los Restauradores de octubre de 1833. Cuando se cruzó con unos exaltados, todo se le facilitó cuando supieron que tenía la protección de Rosas. También en su diario describe su visita a Santa Fe y su encuentro con el gobernador Estanislao López.

De esta parte del mundo, le llamó la atención el grado de corrupción de la administración pública y el poco apego al trabajo de las clases bajas.

Al regreso, el 2 de octubre de 1836, estaba seguro de que deseaba ser naturalista. “El viaje del Beagle ha sido el acontecimiento más importante de mi vida y decidió toda mi carrera”.

En enero de 1839 se casó con su prima Emma Wedgwood, con quien tuvo 10 hijos. En 1842 se mudó a Bromley, un municipio en el sudeste londinense, donde habitó Down House. Allí escribió “El origen de las especies”.

Su diario de viaje fue un éxito editorial, un hecho que no fue tolerado de buena manera por el capitán FitzRoy, quien también había publicado su diario de viaje, pero fue menos leído.

Sus malestares físicos lo acompañaron durante toda su vida y se agravaron en su vejez. “No tengo el menor miedo a morir”, dijo a sus allegados días antes de fallecer el 19 de abril de 1882. Si bien la familia quiso sepultarlo en el cementerio local, la presión científica hizo que se lo enterrase cerca de donde descansa Isaac Newton, en la Abadía de Westminster.

Ya anciano, decía extrañar el mate coronado con un cigarrillo, tal como acostumbraba en aquellas noches donde había poco para comer, de los tiempos en que ya había decidido ser naturalista.