Los sueños hechos realidad de un pianista venezolano en Nueva York

Kristhyan Benítez comenzó a estudiar piano desde los cuatro años; ahora, ya con una carrera reconocida en EEUU le gustaría tocar con Daddy Yankee o Bizarrap.

 

La historia del pianista Kristhyan Benítez bien podría parecerse a la de muchos venezolanos que escaparon del caos político, social e institucional que azota a su país y buscaron en diferentes partes del mundo más y mejores oportunidades para crecer.

Por Ronen Suarc | VOA

Pero en su caso, siempre tuvo claro lo que quería ser y dónde quería desarrollar su carrera musical. “Mi sueño, desde que llegué como estudiante, era vivir y trabajar en Nueva York. Si lo puedes hacer aquí, lo puedes hacer en cualquier parte del mundo”, le cuenta a la Voz de América.

Benítez, de 38 años, se crió en El Hatillo, a 30 kilómetros de Caracas, al ritmo de la música latina que se escuchaba en su casa. Menciona a su compatriota Moisés Moleiro, al cubano Ernesto Lecuona y al argentino Astor Piazzolla como sus referentes. Comenzó a estudiar piano a los cuatro años y, a medida que fue creciendo, se hizo consciente de la música que tocaba.

“Siempre me preguntaba porqué no se escuchaba esa música fuera de Venezuela o fuera de los países latinoamericanos. Lo que he querido con mis discos es exponer lo que ya existe, lo que marcó un hito en nuestra cultura y exponerlo para las nuevas generaciones. A veces, el arte latinoamericano en general es visto como más joven, más prematuro y, en realidad, somos una fuerza muy sofisticada y muy avant-garde”, explica.

Ya en Venezuela se consideraba pianista, no simplemente una persona que tocaba el piano por placer, pero su formación en Estados Unidos fue la que lanzó definitivamente su carrera.

Obtuvo el doctorado en Artes Musicales y el Artist Diploma del Boston Conservatory at Berklee y años más tarde, se consagró al ganar un Grammy Latino al Mejor Álbum de Música Clásica gracias al sencillo ‘Latin American Classics’. Este año ha sido nominado nuevamente al Grammy Latino por su álbum “Afro-Cuban Dances”, y, además, se ha unido a Steinway, la marca de piano más importante del mundo.

Tocó en algunos de los escenarios más emblemáticos del mundo, como el Philarmonie Hall de Berlín o el Town Hall de Nueva York, pero también hizo presentaciones en otros sitios como la sala Ríos Reyna del Teresa Carreño de Caracas. Físicamente, se alejó de sus raíces, por necesidad, y le duele, pero las mantiene vivas con su música. Así se siente cerca de su país.

“Venezuela es una cicatriz que yo tengo que no se va a cerrar nunca, pero estar aquí y llevar la música de Venezuela y de Latinoamérica al mundo me hace sentir orgulloso de donde vengo. Todos los venezolanos tenemos que sentirnos orgullosos de donde venimos y dejar esa semilla para poder expandir toda nuestra cultura al mundo, en mi caso como músico”, reflexiona.

Y, aunque los mejores momentos de su carrera lo encuentre junto a la música clásica, no reniega de otros géneros que hoy se escuchan en la región. Por ejemplo, la música urbana. “Me encantaría”, responde sin dudarlo a la pregunta de si colaboraría con algún reggaetonero.

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