Luis Eduardo Martínez: Petro-tiranos y la revancha iliberal

Luis Eduardo Martínez: Petro-tiranos y la revancha iliberal

El pasado 25 de octubre la monarquía islámica de Arabia Saudita inauguró la sexta edición del “Future Investment Initiative”, un evento popularmente conocido como “Davos en el desierto”. El evento reúne a más de 6 mil líderes políticos y económicos de más de 50 países del mundo durante tres días, y, con cerca de 520 ponentes (en su mayoría príncipes de la corona saudí), promueve inversiones en las soluciones más eficientes para transitar a un “nuevo orden mundial”. Durante el segundo día de la conferencia, el ministro de energía de Arabia Saudita, el príncipe Abdulaziz bin Salman, presumió ante su público que el reino saudí había decidido ser el socio “más maduro” de la relación entre Ria y Washington. Un día después el coordinador de comunicaciones del Consejo de Seguridad Nacional de EE.UU., John Kirby, desestimó los comentarios del ministro y respondió que la relación bilateral entre ambos estados “no es como si se tratara de un romance de bachillerato”.

El intercambio de comentarios no esconde las asperezas de las relaciones entre Washington y Ria. A inicios del mes de octubre, la monarquía saudí, junto al cartel petrolero OPEP+, decidió recortar la producción de petróleo por alrededor de 2 millones de barriles diarios. La decisión tomó por sorpresa a la administración de Joe Biden, quien viajó personalmente a Jeddah para reunirse con el príncipe heredero de la corona y primer ministro, Mohammed bin Salman, el pasado mes de julio, justamente para pactar un aumento de la producción de petróleo, con el objetivo explícito de derrumbar los precios del petróleo y reducir las ganancias de Vladimir Putin en Rusia; y tácitamente también para poder aumentar los chances de victoria electoral de los demócratas en las elecciones de medio término del próximo 8 de noviembre en EE.UU.

El presidente Joe Biden prometió el pasado 12 de octubre que habría “consecuencias” por la decisión del príncipe heredero Mohammed bin Salman de dar la espalda a las peticiones de EE.UU. Biden ordenó a su equipo de trabajo analizar cómo recalibrar las relaciones con Riad, sobre todo después de que la administración Biden aprobara la venta de más de $650 millones en armas ligeras al reino saudí el otoño pasado y que este mismo año firmara contratos para la adquisición de sistemas de misiles patriot, por un monto por encima de los $3,5 mil millones. El presidente demócrata se encuentra en una situación de desventaja política vis-a-vis con Mohammed bin Salman, y el joven príncipe lo sabe. La revancha personal de un Petro-tirano en el medio oriente podría terminar por aceitar la maquinaria hegemónica de un nuevo orden mundial con su centro de poder en Pekín.





Relaciones EE.UU.-Arabia Saudita

La ruptura de las relaciones entre Riad y Washington no sucedió de la noche a la mañana. Por un lado, EE.UU. aún recuerda que 15 de los 19 terroristas del 11 de septiembre de 2001 eran ciudadanos saudíes; la comunidad internacional también tiene presente los crímenes de guerra en Yemen, el asesinato de Jamal Kashoggi y la represión a la disidencia interna del reino saudí. Por otro lado, Mohammed bin Salman recuerda que el gobierno de EE.UU. no logró prevenir los ataques a sus refinerías en septiembre de 2019, ni tampoco tomó acciones en retaliación contra los responsables. Irán utilizó drones para atacar las refinerías de Abqaiq–Khurais. El ataque recortó la producción diaria de petróleo del reino suadí de 9,8 millones a 4,1 millones de barriles diarios, y, en consecuencia, aumentó el precio del crudo un 20%, en cuestión de horas.

A pesar del intercambio de comentarios y los deseos de Joe Biden de recalibrar las relaciones, la realidad es que existe una codependencia entre ambas naciones. Por un lado, 74% de las importaciones de armas del reino saudí provienen de EE.UU. y, por el otro, Mohammed bin Salman tiene en su poder autoritario las llaves de la estabilidad del mercado global de petróleo.

Desde 1945, EE.UU. construyó su poder hegemónico de manera que Washington siempre pudiese restringir el poder de rivales al orden mundial liberal en cada región. Tras la crisis petrolera de 1973, la revolución islámica en Irán y la crisis petrolera de 1979, el sistema político de EE.UU. entendió que la estabilidad en el medio oriente era necesaria para la estabilidad de la economía en EE.UU. y, en consecuencia, la estabilidad del statu quo establecido. Es importantísimo comprender que la codependencia no se debe a que EE.UU. requiere de crudo proveniente del golfo pérsico, sino que la economía mundial globalizada depende de él. Estados Unidos produce 18,5 millones de barriles de petróleo al día y consume 21,5 millones de barriles. EE.UU. solo importa 6% de su crudo de Arabia Saudita, el resto proviene de México y Canadá.

Es decir que la globalización de los mercados y las cadenas de suministros a nivel mundial, la arquitectura económica mundial que catapultó a EE.UU. a la supremacía, es el talón de Aquiles del sistema político de EE.UU. De cara a las elecciones de medio término, la gran pregunta es: ¿quién tiene más poder en la relación EE.UU.-Arabia Saudita hoy? Ya sabemos que Mohammed bin Salman no tiene miedo de darle la espalda al presidente Joe Biden y utilizar la producción de petróleo como arma geopolítica. La amenaza natural que podría producir EE.UU. hacia el régimen de Riad es de alguna manera detener o restringir la venta de armas y el servicio de equipos militares para las fuerzas armadas saudíes. Sin embargo, esta decisión podría ser un tiro por la culata para Washington, que estaría invitando a Irán a aumentar sus actividades bélicas en la región.

Desde 1979 a la fecha, EE.UU. buscó restringir el poder de Irán armando a Israel y Arabia Saudita. Sin embargo, hoy son Irán y Arabia Saudita los que están restringiendo el poder de EE.UU.

Petro-tiranos

La realidad actual es que EE.UU. no está dominando ni restringiendo las decisiones de las potencias regionales en África, Asia, el medio oriente, ni siquiera en América Latina, para su beneficio. Evidencia clara del declive del poder internacional de Washington. Por supuesto que el mundo ideal es uno de verdadera autodeterminación de los pueblos y de soberanías nacionales que interactúen en igualdad de condiciones como Estados homogéneos en su poder. Sin embargo, hoy el declive del poder de EE.UU. ha resultado en comportamientos cada vez más temerarios por parte de petro-tiranos.

Irán ha avanzado con su programa nuclear, atacó a Arabia Saudita en 2019, financia grupos militares en prácticamente todo el mundo árabe y está vendiendo drones militares al régimen de Vladimir Putin para su guerra en Ucrania. En Myanmar, el régimen encarceló a la líder del bloque democrático Aung San Suu Kyi y retomó el control militar del país. Manuel López Obrador avanza con la militarización de la seguridad ciudadana, tras incorporar a la guardia nacional bajo la dirección de los militares y también avanza en su desmantelamiento del Instituto Nacional Electoral, para consolidar su control del Estado. El régimen de Nicolás Maduro alberga carteles de narcotráfico y ostenta un aparato represivo que viola derechos humanos, sin oposición internacional real. Y por supuesto que Vladimir Putin se sintió suficientemente cómodo con el declive de EE.UU. como para iniciar a rodar la bola hacia una tercera guerra mundial.

Por primera vez desde la caída del muro de Berlín y el colapso de la U.R.S.S. no existe duda: el orden internacional no tiene un Estado con supremacía sobre otros. Y estamos atravesando las turbulencias intrínsecas de un mundo iliberal y las revanchas quasi-personales de petro-tiranos en todo el mundo.

Revancha iliberal

Es poco probable que el declive de EE.UU. corresponda a un esfuerzo concertado entre enemigos del orden mundial liberal. Pero sí es producto de esfuerzos disgregados de actores iliberales, que están conscientes mutuamente de su existencia como actores del orden internacional y reconocen entre ellos una enemistad en común con Washington. “Muerte a América” es un cántico conocido en todo el mundo, aunque por razones distintas.

El cálculo de Vladimir Putin al invadir Ucrania de una manera u otra tenía que contemplar a largo plazo una reestructuración de la infraestructura petrolera del mundo. Putin sabía que, indistintamente del fracaso o la victoria en Ucrania, la invasión pondría fin a la conexión de Rusia con el mundo occidental y forzaría una transición violenta hacia una integración energética con China. La decisión de Mohammed bin Salman de recortar la producción de petróleo a inicios del invierno tuvo que haber tomado en cuenta que el resultado no solo sería una revancha personal contra Biden, sino que también empoderaría a Rusia de cara a la fase más crítica de la guerra en Europa desde su inicio. Y, finalmente, la insistencia de Xi Jinping en mantener su política de cero covid y los confinamientos masivos de centros industriales, sin importar el costo político de cara al XX congreso del Partido Comunista de China, probablemente tienen que ver con el impacto que sabe Xi que tendrían los confinamientos sobre las cadenas de suministros y los precios del petróleo.

No cabe duda que el consenso mundial es que la transición energética de hidrocarburos a energías renovables es inevitable a largo plazo. Sin embargo, antes de lograr la transición veremos los momentos de mayor poder de los petro-tiranos de historia. ¿Cuál será el mayor costo: retrasar la transición para enfrentar libremente a los petro-tiranos y enfrentarnos al iliberalismo, o acelerar la transición y permitirles el control a corto plazo de nuestros destinos a estos tiranos de oro negro?