Crimen en el Vaticano: El extraño asesinato de una venezolana y su esposo en la Santa Sede

El momento en que el Papa Juan Pablo II felicita al Guardia Suizo Alois Estermann y su esposa Gladys Meza Romero. El oficial había sido nombrado comandante de la Guardia Suiza de 110 hombres del Vaticano (Reuters)

 

Gladys Meza, una venezolana de 49 años de edad, doctorada en Derecho Canónico y en Derecho Civil por la Universidad Laterana, trabajaba en la Embajada de su país ante la Santa Sede cuando fue asesinada junto a su esposo el comandante de la Guardia Suiza, Alois Estermann.

Con información Clarin, Criminalia, Infobae y Los Angeles Times

Gladys es la segunda de 10 hermanos, había nacido en una familia humilde de la localidad de Urica en el estado Anzoátegui.

Alois y Gladys llevaba 16 años casado, no tenían hijos y dedicaba su tiempo libre a hacer caridad. Los esposos planificaban pasar su años de retiro en Venezuela.

Durante la canonización de la beata Madre María de San José, la primera santa venezolana, Gladys pronunció un discurso sobre las cualidades de la monja en colaboración con el cardenal Castillo Lara.

Por su parte Alois tuvo la oportunidad de demostrar su lealtad al papa Juan Pablo II durante el atentado del turco Ali Agca en 1981, Estermann se lanzó sobre el Pontífice en un intento desesperado y fallido de protegerle de los disparos de Agca. No lo consiguió, pero desde entonces, el futuro comandante del ejército del Papa debió comprender los peligros que puede encerrar el Vaticano.

El comandante Alois Estermann (detrás del Papa) en el momento del ataque del turco Ali Agca en la Plaza de San pedro en 1981 (Reuters)

 

Sin embargo, un oscuro crimen ensombrecería el increíble vida de Gladys Meza y su esposo, Alois Estermann el 4 de mayo de 1998 en la ciudad del Vaticano, a pocos metros de los aposentos de Santo Padre.

Llovía. Los asesinos se empaparon al cruzar el patio. Uno al menos llevaba una Parabellum en un bolsillo. Dejaron los tres cadáveres en la entrada del pasillo de una habitación. Todas las víctimas tenían disparos de arma de fuego. Se trataba de dos hombres y de una mujer. Ella había abierto la puerta. Todos estaban vestidos.

Había cuatro vasos sobre una mesa. Esa habitación no estaba en cualquier parte, sino en el recinto contiguo a la puerta de Santa Ana, una de las principales entradas públicas del Vaticano, y a unos cien metros del amplio complejo de dependencias privadas de un papa, Juan Pablo II, en la Ciudad del Vaticano, el Estado independiente más chico del mundo.

Eran cerca de las nueve de la noche cuando una monja escuchó ruidos de dispararos provenientes del interior del Vaticano. La monja encontró la puerta de la residencia abierta, se asomó y vio los tres cadáveres. Uno era del jefe de la Guardia Suiza, el comandante Alois Estermann, de cuarenta y cuatro años.

El cargo de comandante estaba vacante desde hacía siete meses, cuando renunció el coronel Roland Buchs por problemas familiares, y Estermann, con el mismo grado, lo había reemplazado de manera interina. Justo la mañana del día de su asesinato se había oficializado su nombramiento en ese puesto. Era una función muy prestigiosa pero poco remunerada, y fue el bajo salario lo que demoró tanto la búsqueda del reemplazante del último jefe, hasta que las autoridades vaticanas decidieron dejar a Estermann al mando de los ciento diez hombres que componen la Guardia Suiza, cuyo cuartel está ubicado a la derecha de la Plaza de San Pedro —y llega, justamente, hasta la puerta de Santa Ana—, en un edificio color rosa en cuyas ventanas suelen verse camisetas deportivas y alguna musculosa.

El joven Guardia Suizo Cédric Tornay, a quien acusaron del doble crimen del matrimonio en un “ataque de locura” (HO Old)

 

La tercera víctima, que estaba boca abajo (¿estaba boca abajo?), era Cédric Tornay, un joven de veintitrés años, cabo de la Guardia Suiza. La tarde del 4 de mayo hizo la guardia en la entrada del palacete de oficiales. Este servicio habría terminado a las 19 horas. Había ingresado hacía tres años en el cuerpo y no tenía una buena relación con su comandante. Estermann le había llamado la atención por no volver a dormir al cuartel una noche que había salido con sus amigos. En la habitación del matrimonio Estermann, bajo su cuerpo, se encontró su arma reglamentaria, una SIG-Sauer 75 Parabellum, de fabricación suiza, calibre 9 milímetros. Rara la parábola del arma para terminar allí. Fue la única arma encontrada. Tenía una de las seis balas habituales en el cargador, es decir que se dispararon cinco. Según lo informado, había dos proyectiles en el cuerpo de Estermann y uno en el techo.

Antes de ser asesinados, Estermann y su mujer hablaban por teléfono con un amigo que, sin quererlo, se convirtió en testigo de la tragedia. El Vaticano nunca dio su nombre y solamente reveló que era de Orvieto, en la región de Umbria.

Se cree que era un sacerdote amigo de la pareja. El caso quedó en manos del juez único del Vaticano, Gianluigi Marrone, quien dispuso que las autopsias fueran realizadas por médicos legales del Vaticano, los profesores Piero Fucci y Giovanni Arcudi, consejeros de la Dirección de Servicios Sanitarios. La habitación, como era obvio, estaba bañada en sangre.

Raiza, María y Claudia, tres de las hermanas de Gladys, viajaron inmediatamente a Roma cuando se conoció la noticia. Las tres calificaron los hechos contados por el Vaticano como “sospechosos”.

A principio de este año, el secretario de Estado del Vaticano ha intervenido personalmente para arrojar luz sobre uno de los escándalos vaticanos más sonados: el asesinato en 1998 del comandante de la Guardia Suiza y su esposa, supuestamente cometido por un guardia suizo que luego se quitó la vida.

El cardenal Pietro Parolin pidió al tribunal estatal de la Ciudad del Vaticano que preste “especial atención” a la solicitud de la madre del guardia acusado, Cedric Tornay, de tener acceso a los documentos confidenciales de la investigación que se archivaron oficialmente en 1999.